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Defenestrando la vida


Simplificaciones

Los atajos de la mente

El órgano humano1 que más energía consume es el cerebro. La evolución ha seleccionado a aquellos organismos que han llegado a las mismas conclusiones con el menos gasto de pensamiento. La naturaleza misma nos proporciona el mecanismo esencial y primigenio para ello: las emociones.

Las emociones intervienen en todas las acciones humanas2 de forma inmediata y nada tienen que ver con la inteligencia o la resolución de problemas. El miedo por ejemplo, tan denostado por la literatura épica, es un mecanismo de defensa que hace que seamos más cautos, y dispara nuestra fisiología para preparar a nuestro cuerpo para la acción (ya sea ésta enfrentarse al peligro o huir).

Nuestro cerebro comienza ahorrando en el proceso de percibir nuestro entorno. Algo que ya estudió a principios del siglo pasado la Psicología de la Gestalt y sus leyes de la percepción. Podemos resumir todas esas leyes diciendo que al final son atajos perceptivos que utiliza nuestra mente para ahorrar proceso de cálculo. Además, como una parte importante de nuestra vida se relaciona con la relación con nuestros semejantes, estamos programados para percibir caras, emociones, otros humanos, así, podemos ver casi en cualquier mancha una cara, un ojo, una sonrisa, etc.

Pero también, nuestro cerebro ahorra en el procesamiento de la información. A base de realizar ciertos procesos, nuestro cerebro acelera ciertas conexiones, lo que con cierta experiencia en cualquier actividad mental, alcanzamos la solución casi sin pensarlo. Por ejemplo, si practicamos una determinada lengua, tendremos más fácil encontrar la palabra que buscamos o expresar lo que queremos decir. Si habitualmente realizamos cálculos mentales, los realizaremos cada vez más rápidamente y con menos errores. Pero hay algunos atajos que vamos a comentar más despacio.

Una forma de disminuir el pensamiento, que ya he dicho que es muy caro en gasto energético, es no utilizarlo. Para ello disponemos de algunos mecanismos inconscientes (como los prejuicios) o conscientes (como los argumentarios).

Prejuicios

Los prejuicios son un conjunto de creencias que todos tenemos antes incluso de enfrentarnos al objeto en sí. Los prejuicios que más nos suenan son los consabidos nacionales o regionales: Los ingleses son..., los andaluces son...

Pero no sólo los nacionales, también los profesionales, los ideológicos o cualquier otra etiqueta que pueda resumir a un colectivo. El otro día leía en una red social alguien que recomendaba un libro escrito por un soldado y claro hay que perdonarle faltas de ortografía y gramaticales, porque es soldado y ya se sabe lo incultos e iletrados que son... cuando la culpa sería de la editorial y los correctores profesionales que tiene contratados. Y también habría que recordarle al autor de dicho comentario que la obra culmen de la literatura española, el Quijote, fue escrita por un soldado. Sin embargo, su prejuicio contra (sí, los prejuicios son siempre contra) un colectivo hace que achaque los errores a ese colectivo, porque no necesita pensar en qué momento del proceso se producen los errores sabe que se deben a la incultura del violento soldado (aunque seguramente ese inculto soldado tiene, al menos, un libro publicado más que él).

Lo vemos en todos los nazi-onalismos, siempre el hecho diferencial coincide en lo mismo. Los otros son siempre sucios, incultos, violentos, autoritarios y nosotros somos mejores en todos los aspectos, más cultos, más educados, más dialogantes. El error, el defecto, siempre es colectivo y del otro. Es más fácil deshumanizar al que no es de mi tribu, al que no es de mi religión, al que no es de mi tendencia política, al que no es de mi lo que sea (las excusas son infinitas).

Este tipo de creencias me ahorran el esfuerzo de pensar o incluso de gastar tiempo en conocer al otro. Cuando sé que alguien está en un determinado grupo o le puedo asignar una etiqueta conocida previamente, no necesito pensar: le asigno las características asociadas con la etiqueta en cuestión y ya está. Así funciona la gente que cree en los horóscopos, por ejemplo: eres aries, ya no tienes que hacer o decir nada más, eres de tal o cual manera: ¡lo que nos ahorramos en psicólogos!

Argumentarios

Esta forma de ahorrar esfuerzos es más elaborada. La suelen utilizar partidos políticos, asociaciones y otras entidades que no quieren un verso suelto en sus filas. Los seguidores los abrazan casi con alegría. Ya saben lo que tienen que contestar sin necesidad de gastar energía en pensar o de contrastar la información que están soltando por su boca. En general suponen que alguien la ha comprobado antes y por tanto la repiten como una verdad indiscutible.

Si a un miembro de tal o cual partido le hablas de corrupción automáticamente saltará una ristra de casos de corrupción del máximo enemigo. Sin pestañear. Si le hablas de cualquier tema, sobre todo si es actualidad, te soltará la repetición de las cuatro ideas básicas.

El argumentario como tal aparece en el mundo de las ventas. Se trata de hacer un documento donde se cuentan todas las virtudes de un producto. Se utilizaba para que los vendedores fueran capaces de comunicar todas las virtudes y enfrentarse a todos los peros que pudiera poner un posible cliente.

Sin embargo, argumentar no tiene nada que ver con un argumentario. En los argumentarios modernos todo se reduce a repetir frases y ondear banderas gritando consignas que en la mayoría de los casos no son solo de dudosa veracidad, son mentiras descaradas. Joseph Goebbels (sí, el mismo que dijo que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad) dijo una vez:

«Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.»

Se trata, por tanto, de seleccionar la población objetivo y evitarles pensar dándoles las soluciones para que no se hagan las preguntas.

Creencias

La forma más habitual de ahorrar energía pensando es la creencia. Porque en realidad, no necesitamos saber cómo es algo, sólo necesitamos creer que lo sabemos. La curiosidad humana consume mucha energía, hace que busquemos respuestas y por ello necesitamos el ahorro que supone no tenerla. Las que arrastramos históricamente son las religiosas. No necesitas plantearte lo que es bueno o es malo, por qué el mundo es como es: la religión te da las respuestas. Pero no sólo hay creencias religiosas.

Sin embargo, este ahorro de energía es al final contraproducente. Es el mayor despilfarro de recursos humanos que hay. La mayoría de las guerras, o al menos las más sangrientas se derivan del ahorro de proceso de pensamiento. Y no sólo las religiosas. Las dos grandes guerras en Europa se han producido y alimentado de las creencias nazi-onalistas.

Las creencias sirven también para deshumanizar a los otros, esos que no son de otra tribu, esos infieles... sucios, incultos, violentos e intolerantes (ya, bueno, las excusas de siempre).

Además, las creencias se ordenan en su propio universo. Si nos plantean un hecho que choca con alguna de nuestras creencias, directamente los obviamos. No existe, no tiene lugar en nuestro universo, no encaja. Muchas veces ni lo percibimos y si nos llaman la atención sobre ello no lo tomaremos en cuenta o le quitaremos importancia.

Las creencias nos pueden llevar a vivir en la irrealidad. Lo que nos rodea deja de tener importancia para nosotros. Así, el mecanismo que nos ahorra energía, se vuelve contra nosotros.

Nota al pie de página:

1

Digo humano pero es extensible a los vertebrados en general.

2

Digo humanas como antes, pero vuelvo a repetir que es extensible a todos los animales denominados superiores en general.


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