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Defenestrando la vida


La desesperanza de las redes sociales

Anoche jugaba una conversacional a través de un experimento web en el que está trabajando deesix. Es una cosa un tanto extraña que muestra la salida y da opciones de entrada a una aventura conversacional a través de web. De momento admite glulx y quizá también algo de máquina Z. Webot ─o güevón como me empeño en llamarlo yo─ está en fase alfa y nos dio la oportunidad de reiniciar el juego en alguna ocasión. Éramos tres jugadores interactuando con la conversacional y me recordó los tiempos en que quedabas con algún amigo para echar la partida «a los videojuegos». El espíritu revoltoso ─algunos lo llaman troll o cosas peores─ se apoderó de mí y apareciendo la Dama Arwen en la historia intenté tocar virtualmente su culo sindarin1 un par de veces. Nunca he sido lo que se llama «políticamente correcto» y menos cuando se trata de jugar.

Mientras me iba a dormir reflexionaba sobre el rato que compartimos virtualmente, pero en directo, tres personas alejadas físicamente pero cercanas gracias a Internet. Echamos un rato de conversación alrededor de un juego, intercambiamos ideas, propusimos soluciones, nos quejamos de varias de las sorderas que encontramos en el juego y también de una redacción un tanto pedante en algunos sitios de la aventura (esto principalmente yo, que soy extremadamente sensible a la pedantería y me vi afectado en un par de ocasiones por una desmesurada reacción alérgica).

El caso que quería comentar, y esto es sólo una reflexión, es que necesitamos ese tipo de herramientas, en las que Internet facilita la relación humano-humano de forma directa, sin filtros, sin algoritmos y sin IA2. Lo pasé bien anoche interactuando con personas, lo de probar el güevón y jugar una conversacional quizá fue lo de menos.

Veo en lo que se han convertido las redes sociales, especialmente las multitudinarias, y me produce una profunda desesperanza. El único medio de sobrevivir en ellas es el postureo. En lugar de acercar personas, en lugar de acercar sentimientos, ratos agradables o ideas, se han convertido en el modo de mostrarle al mundo lo felices que somos. «¡Que no se entere el mundo de mi sufrimiento! ¡Que vean lo feliz que soy! ¡Que se jodan!».

Veo, quizá por eso, mucha alma perdida, anegada de bilis y pena que quizá sólo necesita una palabra de apoyo, o incluso sólo un abrazo ─aunque sea virtual─, y no se atreve a decir nada para no ser machacada: Que se jodan, grita la bilis mientras añora un toque humano, una mano amiga, una palabra cariñosa. Sólo obtendrá likes y desafecto. Los likes no paliarán la pena y el desafecto sólo aumentará la bilis. ¿Por qué la Internet, pudiendo unir personas, está separándolas? ¿Qué estamos haciendo mal para que nos deshumanice lo que debería humanizarnos, unirnos, hacer una Humanidad? ¿Por qué a la gente no le importa ser tratado como una pila de datos enchufada al Matrix de grandes corporaciones?

Es curiosa esa imagen de la pastilla roja y la pastilla azul. ¿Qué elegiría la mayoría? Si nos detenemos en la película, todo el que la haya visto quiere pensar que elegiría la pastilla correcta. Si eliges esa pastilla las cosas quizá no sean tan bonitas, pero son reales, no es fácil sobrevivir en la realidad. Sin embargo, la mayoría no la elegiría, prefiere vivir engañado por oscuros algoritmos en una irrealidad de postureo y manipulación, intentando aparentar felicidad y alegría, criticando a los que nos salimos de ese círculo, los que elegimos hace un tiempo la pastilla roja, volviendo su bilis azul hacia nosotros, los que amenazamos su desesperanzada ignorancia.

¿Qué podemos hacer? Lo único que se me ocurre es ofrecer herramientas de intercambio real donde interactuemos personas. La pastilla roja la seleccionará la gente porque al final será más gratificante que la velada manipulación que proporciona la pastilla azul. Somos humanos, no máquinas y necesitaremos interactuar con humanos o nos convertiremos en máquinas sin alma, desalmados que vagan repletos de pena y bilis buscando un lugar donde verterla y donde recibir algo parecido a una caricia humana.

Desde aquí, a quien pueda leer esto le envío un abrazo, te recomiendo que comiences a abandonar las redes sociales privativas, te olvides de los likes y del número de seguidores. No significan nada: sólo que un algoritmo te ha seleccionado y te ha mostrado a más gente (o bots) que no te han leído, sólo le han dado a un botón. Prueba las redes sociales libres, no porque estén mejor sino porque son más reales; no están apantalladas tras un algoritmo que decide lo que debes leer. No importa el número de seguidores, la amistad no es una competición, seguirás teniendo los mismos amigos, los de verdad no cambiarán porque cambies de red social y si pierdes a alguno en realidad no lo estás perdiendo: nunca lo fue, sólo has salido de la psicosis ilusoria para toparte con la realidad, que a veces es dura y fría.

Nota al pie de página:

1

Los Sindarin son una clase de elfos de «el Señor de los anillos».

2

Istupidez Artificial.


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