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Defenestrando la vida


Me gusta

Algunas veces me han preguntado si la tontería de los «puntos amarillos» de Supernani da resultado, casi mofándose de que un mecanismo tan simple sea efectivo para modificar la conducta de un niño. Ahora mi contestación es muy sencilla: «Ha millones de personas adultas dándole al "me gusta": ese es el mecanismo». La capacidad de los mamíferos de recibir recompensas, en el caso de los humanos además esas recompensas pueden ser virtuales.

Cada vez que alguien me habla sobre alguna red social, sobre lo gratificante que es la red social, siempre traduzco red social por empresa... y me acuerdo del experimento que hicieron en 1954 Olds y Milner implantando un electrodo en lugar preciso del cerebro de unas ratas. Las ratas (pobrecitas mías) accionaban una palanca que estimulaba su cerebro con descargas de alta frecuencia y baja duración. Tanto ahínco le ponían en esa autoestimulación que llegaban a morir de inanición.

La diferencia entre las dos situaciones, quiero decir entre las planteadas en las redes sociales frente a Supernani, es la finalidad del empleo de estos mecanismos. Un mecanismo, como se puede apreciar, capaz de modificar la conducta humana. Mientras Supernani busca la adecuación del comportamiento del niño a lo que se considera como una conducta adaptada, no sabemos a qué nos está condicionando el botón de me gusta de las redes sociales. Esto es importante, porque la Sociedad depende de qué conductas se consideran adaptadas o normales y la percepción de las mismas por parte del individuo desde distintos canales de información, para ajustar sus conductas a lo socialmente aceptable.

La idea de utilizar las herramientas modernas, como la Internet, para ampliar las posibilidades relacionales de los seres humanos es buena. El problema viene dado cuando se confían esas relaciones a empresas privadas con intereses propios y particulares. Lo que veo en general me disgusta, porque los mensajes no son comunicativos, sólo buscan impactar y conseguir muchos «me gusta», que le den muchas veces a la palanquita del placer. En realidad, no necesito ni estar de acuerdo con lo que pone el mensaje, sólo intuir que será aceptado por mucha gente.

Ese tipo de comportamiento, en realidad, no es comunicación, es un mercadeo de clicks. La gente no comparte (creyendo que sí lo hace), la gente no colabora (creyendo que sí lo hace), la gente no se relaciona (creyendo que sí lo hace). La gente me recuerda a los yonkis y su frase estrella: «yo controlo, lo puedo dejar cuando quiera», pero siguen dándole al «me gusta» cada pocos minutos. Porque los contenidos parecen cambiar y hay que estar atento en darle al botón o en repetir el último eslogan curioso. Formar una cohorte de gente que le da a mis mensajes la ración correspondiente de dopamina.

Y me pregunto ¿dónde va una sociedad atrapada en el «me gusta»? ¿Quién está dirigiendo esos «me gusta»? Todo discurso es resumido a una frase, cuanto más corta y más contundente mejor. No nos interesa la información, sólo el titular que pueda impactar y recolectar maś «me gusta», no tiene ni que ser verdad, sólo intuir que recibirá muchos clicks por parte de mi cohorte. Si recibo muchos «me gusta» es que es verdad, no tengo que preguntar: mi dopamina me lo asegura. No pueden demostrarme lo contrario, porque no hay racionalidad en lo que siento. Si la noticia no coincide con mis canales dopaminérgicos es que es una manipulación, o incluso no llego a percibirla, no existe.

Gana las elecciones en EE.UU. un impresentable como Trump y nos preguntamos cómo ha sido posible. ¿Cómo es posible estar informado en la era de la postverdad donde lo importante no es lo que sucede sino los clicks en «me gusta»? ¿Cómo se puede analizar y reflexionar sobre la información que llega a través de un sistema diseñado para durar tanto como las décimas de segundo que tardas en pulsar el «me gusta»? En algunos conflictos que se han disparado últimamente veo dos canales dopaminérgicos enfrentados, lanzándose sus eslóganes unos a los otros, repitiéndolos una y otra vez, incapaces de darse cuenta de que el otro bando no percibe nada en un eslogan ajeno, sólo manipulación y desinformación, porque lo correcto es lo que diga mi canal dopaminérgico. «Yo siempre estoy dispuesto a negociar, pero sólo si me das la garantía de que vamos a hacer lo que yo diga; si no, es que no tienes intención de /negociar/». Así puedo lanzar el eslogan de «yo soy negociador, pero los otros nunca han querido» y conseguir muchos «me gusta» de mi cohorte... y si preguntas de forma independiente a un miembro de cada cohorte, te dirán que el que nunca ha querido negociar es el otro, no porque lo digan los datos: «me lo dice mi dopamina, que nunca falla».

¡Qué tristes se me hacen estas reflexiones! Lo malo es que ahora pondré el aviso de este artículo en las redes sociales que frecuento, como GNUsocial, Diaspora* y Mastodon en busca de mi ración de «me gusta». ¿Seré yo también un yonki de las redes sociales? ¿Quién me manipulará a mí? ¿Acaso los asociales que hemos terminado en estas redes somos otra cohorte dopaminérgica? ¿El preocuparme por estas cosas es importante o es sólo una forma de sentirme superior al resto de ratas con nuestro electrodo implantado? Ains, si yo supiera...


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